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  • Fallece Isabel Arcos, la gran impulsora del comercio en Huelva

    Fallece Isabel Arcos, la gran impulsora del comercio en Huelva

    Fue la primera mujer en España, Europa e Iberoamérica en presidir una Cámara de Comercio

     

    El mundo del empresariado onubense y especialmente del comercio se ha teñido de luto en el día de hoy tras conocerse la muerte de una gran revolucionaria e impulsora de la actividad comercial en Huelva, Isabel Arcos Dabrio, que a los 90 años ha fallecido tras una larga vida llena de anecdotas y dejando un gran legado para su tierra.

    Tanto la FOE como la Cámara de Comercio han lamentado publicamente su muerte ya que en ambas organizaciones se conserva aún su impronta. A las dos dedicó durante décadas su preocupación, ocupando diferentes puestos de responsabilidad lo cual le hizo merecedora, junto a su faceta profesional, de la Medalla de Oro Andalucía en el año 2006.
     

    Vinculada al sector del comercio, Isabel Arcos formó parte de una saga empresarial de gran peso específico en la provincia que ‘revolucionó’ la actividad comercial al aperturar el primer gran Centro Comercial en Huelva con sucursales en Ayamonte y Punta Umbría, denominado Almacenes Arcos, creando posteriormente una cadena de supermercados (Ecoprix) que fue el origen de la tiendas de proximidad en la provincia.

    A medida que se involucraba en el negocio familiar, Isabel Arcos compatibiliza esa labor con sus tareas de representación empresarial. Así, participó activamente en el año 1973 en la constitución de la Asociación de Mujeres Empresarias de Huelva (ASEME), antes incluso de que se creará la propia FOE (1977). En ésta última, ocupó cargos desde 1984, siendo tesorera y vicepresidenta de la misma, llegando a alcanzar la presidencia en 1990, donde ejerció ese puesto desde enero a marzo y que le valió para formar parte igualmente de la Confederación de Empresarios de Andalucía. También en la FOE, señalar que en 1997 mereció la Insignia de Oro, el máximo galardón que otorga esta institución- en el capítulo ‘Por su dedicación a las organizaciones empresariales’.

    José Luis García-Palacios Álvarez, presidente de la FOE ha expresado que “en las organizaciones empresariales, cuando aún no se conocía el concepto de paridad en la representación, ya nosotros, los empresarios, teníamos en nuestras filas a cualificadas empresarias que como Isabel Arcos tenían dotes suficientes para representar al empresariado en su conjunto. Hoy, con esta pérdida nos sentimos más huérfanos al irse uno de nuestros referentes empresariales que debe servir de ejemplo a nuevas generaciones”.

    Cámara de Comercio
    El fallecimiento de Isabel Arcos se ha sentido con profundo dolor también en el seno de la Cámara de Comercio de Huelva, donde ocupó su presidencia desde 1988 hasta 1995, convirtiéndola en ese momento en la primera mujer en España, Europa e Iberoamérica que ejercía una responsabilidad de esa naturaleza.

    El paso de esta cualificada empresaria del sector comercial onubense, nacida en Huelva el 16 de mayo de 1931, por la Cámara de Comercio de Huelva le impuso a la institución un sello que llevaba la marca de la creatividad, el esfuerzo, la dedicación y la generosidad de la que siempre hizo gala Isabel Arcos, que dejará, sin duda, un recuerdo imborrable en la entidad que le otorgaba, con motivo de su 125 aniversario, la Insignia de la misma.

    Durante su mandato, consiguió que en el año 1992, coincidiendo con la efemérides colombinas, se celebrara en Huelva la Asamblea anual de la Asociación Iberoamericana de Cámaras de Comercio (AICO) que le impuso su Medalla de Oro, al tiempo que impulsó desde la institución cameral el I Congreso Iberoamericano de Mujeres Empresarias. Su experiencia empresarial y profesional fue motivo más que suficiente para recibir también la Medalla de Oro de la Junta de Andalucía en el año 2006, que le fue impuesta por el entonces presidente, Manuel Chaves.

    Reconocimientos todos ellos que sirven a la Cámara de Comercio de orgullo por haber podido contar con una presidenta de su talla humana y profesional, con un talante conciliador, que fue un gran baluarte para el excelente trabajo que pudo desarrollar la frente de la misma.

    Daniel Toscano, presidente de la Cámara de Comercio de Huelva, ha querido trasmitir a la familia y amigos su más sentido pésame y “aún no teniendo la fortuna de haberla conocido, por las referencias e hitos alcanzados bajo su mandato soy plenamente consciente de que nos deja una empresaria de una gran talla y representante empresarial de primer nivel”.

    “Es por ello, explica Toscano, que hace escasamente unos meses solicitáramos al Ayuntamiento rotular una calle de nuestra ciudad con su nombre, como respuesta a todo cuanto ella había ofrecido a su tierra como empresaria y dirigente empresarial. Confiamos en que nuestra petición sea atendida, porque Huelva estaría, de lo contrario, en deuda con Isabel Arcos”.

     

  • Fallece Antonio Guzmán, dueño de los hoteles ‘pato’ de Punta Umbría

    Fallece Antonio Guzmán, dueño de los hoteles ‘pato’ de Punta Umbría

    Fue uno de los pioneros del sector turístico y hotelero onubense

    El sector hotelero provincial de Huelva ha destacado su «profundo pesar y tristeza» por el fallecimiento este martes de Antonio Guzmán Serrano, uno de los pioneros del sector turístico y hotelero onubense y cuya trayectoria empresarial fue reconocida por el sector turístico en 2018.

    Así, el la Asociación Provincial de Hoteles de Huelva (APHH) y el Círculo Empresarial de Turismo (CETH) han señalado en una nota de prensa que Guzmán Serrano fue, «sin lugar a dudas, un hotelero de raza» y uno de los pioneros «y puntales en los que se apoyó allá por los años 70 el incipiente sector turístico y hotelero en nuestra provincia».

    Guzmán Serrano llego a Punta Umbría en 1977 con la empresa Puente Cultural para dirigir los Hoteles Pato Amarillo, Pato Rojo y Pato Azul, llevando la explotación con esta empresa hasta 1979, creando en este año la Empresa Organización Turística del Atlántico (Orturasa) que explotó en régimen de alquiler dichos Hoteles hasta el año 2000.

    Al mismo tiempo, desde el año 1984 hasta el año 2000 se creó la empresa Apartsol para la explotación de 200 apartamentos turísticos del complejo Puntamar en Punta Umbría y, en el año 2001, la empresa Hoteles Actual S.A., que adquiere en propiedad los Hoteles Pato hasta la fecha.

    En 2011 realizó la renovación y reforma total del Hotel Pato Amarillo en todas sus habitaciones e instalaciones con una planta más de habitaciones, ampliando así su capacidad y propiciando una vez finalizada dicha reforma a elevar la categoría del establecimiento pasando de las tres a las cuatro estrellas.

    Dicha reforma posibilitó que el hotel disponga de cuatro categorías de habitaciones, estándar, superior, elites y junior suites, actualizando todas sus instalaciones con climatización de última generación, wifi en todo el edificio, parking privado y cubierto. Todo, «en su permanente inquietud en mejorar la oferta del destino», han subrayado desde el sector.

    Continuando por su apuesta en el destino, en el 2017 inició la reforma del Hotel Pato Rojo, que concluyó en el año de 2019 y desde el año 1988 hasta la actualidad fue consejero de uno de los principales operadores turísticos nacionales como es el grupo de Viajes Olympia.

    El sector hotelero y turístico onubense ha querido reconocer «en este luctuoso momento» la trayectoria «de uno de

    Finalmente, la APHH y el CETH han destacado que fue «uno de los pilares en los que se ha sustentado el desarrollo turístico de Huelva» por «su apuesta por el destino, por ser pionero en el desarrollo turístico, no sólo de Punta Umbría sino del conjunto de la oferta hotelera de nuestra provincia, por su incansable capacidad de trabajo y colaboración permanente con el sector turístico onubense, y por seguir creyendo en Huelva después de tantos años».

  • Fallece Melquiades Vázquez, artesano y restaurador de grandes obras del Museo Minero

    Fallece Melquiades Vázquez, artesano y restaurador de grandes obras del Museo Minero

    Era un enamorado de su oficio que ha conseguido hacer del trabajo de la madera todo un arte

     

    Melquiades Vázquez, una de los artesanos más queridos y reconocidos de la madera, ha fallecido este pasado 31 de mayo a los 63 años de edad en su Cortegana natal según han confirmado fuentes del Ayuntamiento de Cortegana a  Tinto Noticias -El periódico de la Cuenca Minera- siendo hasta el final un enamorado de su oficio y un artesano que convirtió el trabajo de la manera en todo un arte.

    Experto en restauración del patrimonio, su trabajo se hizo patente en el Museo Minero de Riotinto, para el que hizo numerosos trabajos, entre ellos, algunos de los vagones para el tren turístico (construyéndolo tabla a tabla) y la restauración de seis de los vagones que a finales del siglo XIX transportaban el mineral de Riotinto a Huelva.

    Se inició a los 14 años aprendiendo de su primer maestro en Cortegana, Manuel Antúnez y montó su primera carpintería en 1980. Diez años después optó a ser monitor de los talleres de empleo que ponía en marcha la Fundación Rio Tinto y desde entonces su trayectoria profesional estuvo íntimamente ligada a esta institución.

    Según destacaba el director general de la Fundación Río Tinto en 2018, entre los hitos de su carrera destaca la restauración del Vagón del Maharajá, «una joya de la historia ferroviaria mundial que se construyó para un viaje a la India de la Reina lsabel de Inglaterra, y también la reproducción de la máquina hidráulica que los romanos empleaban para drenar las minas en los siglos I o II d.c.,  la noria y el tornillo de Arquimedes», obras que aún hoy se pueden ver en el Museo Minero.

    En los numerosos talleres de formación que ha dirigido, unos 200 alumnos han pasado por sus manos, muchos de los cuales han conseguido ganarse la vida con esta actividad.

    Fotografía: Museo Minero de Río Tinto

     

  • Zalamea llora la muerte de Manuel Cirilo

    Zalamea llora la muerte de Manuel Cirilo

    La localidad decreta dos días de luto oficial por el fallecimiento del cura que ayudaba a los más necesitados

    Zalamea la Real ha perdido a uno de sus vecinos más queridos y admirados: Manuel Cirilo Arroyo Arrayás, el cura de Zalamea, donde ha ejercido como sacerdote durante 40 años, desde que llegó, en 1980, hasta su fallecimiento, pues incluso después de jubilarse, aunque ya no era el párroco oficial del municipio, nunca ha dejado de ejercer como cura.

    Sobre su legado se pueden contar muchas cosas, como que fue el impulsor del centro de menores Talita Cumi y de la residencia de ancianos de la localidad, que precisamente adoptó su nombre hace unos años en reconocimiento a su labor, pero el cariño y la admiración del pueblo se los ganó por muchas otras cosas: por su condición humana, su solidaridad con las personas más necesitadas y su implicación a la hora de hacer la vida más fácil a los demás.

    Hay muchas experiencias que dan fe de ello, como la que se vivió en 2004 durante el grave incendio de Berrocal, donde Manuel Cirilo también había ejercido como cura. Los vecinos de ese municipio fueron trasladados al Teatro de Zalamea, donde las autoridades habían dispuesto un equipo de apoyo psicológico. Sin embargo, el mejor psicólogo que tuvieron estos hombres y mujeres fue Manuel Cirilo, que no solo no dudó en acercarse al lugar para ayudar a estas personas, sino que logró tranquilizarlas, transmitirles la paz que él siempre sabía transmitir. 

    Además, por citar una más reciente, durante el confinamiento decretado por el Gobierno en marzo de 2020, Manuel Cirilo Arroyo Arrayás, como no podía salir y realizar visitas, cada día llamaba por teléfono a las personas de Zalamea que estaban solas, con lo que conseguía hacerles más llevaderos y felices esos duros momentos.

    Hace seis años, en 2015, Zalamea le rindió un emotivo homenaje por sus 50 años de sacerdocio, de los que 35 los había pasado en esta localidad, en la que siempre vivió desde que llegó a principios de los años 80, pues, incluso después de jubilarse, este sacerdote, natural de Valverde del Camino y zalameño de adopción, decidió mantener su residencia habitual en Zalamea.

    Y si hace seis años ya fue homenajeado en vida, ahora también lo está siendo tras su muerte, que se produjo este miércoles, 19 de mayo, en su pueblo natal, donde se encontraba acompañado por sus hermanas y hermano durante los momentos complicados de salud que estaba atravesando y que finalmente han provocado su fallecimiento, que le ha llegado a los 79 años de edad. El 26 de julio de este 2021 cumpliría 80.

    Una muestra del enorme cariño que se ganó entre los vecinos y vecinas de Zalamea son los innumerables elogios que el sacerdote está recibiendo a través de las redes sociales, donde destacan aspectos como su «don de vivir al servicio», su «religiosidad cercana al pueblo», su «fe al servicio del necesitado» o «la Iglesia social» que siempre impulsó.

    Además, el Ayuntamiento de Zalamea la Real ha declarado dos días de luto oficial por el fallecimiento del sacerdote, periodo en el que las banderas de los edificios municipales ondearán a media asta, al tiempo que ha mostrado a sus familiares la condolencia y solidaridad del Consistorio y de todos los vecinos y vecinas del municipio.

    «Don Manuel Cirilo Arroyo Arrayás ha dejado una inigualable impronta en nuestra localidad durante sus años de sacerdocio, destacando su lucha social por conseguir una Zalamea más justa. Su dedicación para establecer en nuestra Zalamea la residencia de mayores que hoy lleva su nombre o el Hogar Talita Qumi son dos claros ejemplos de su talante. Descanse en Paz», han destacado desde el Ayuntamiento.

    Manuel Cirilo se ordenó como sacerdote a los 23 años, como él mismo contaba en una entrevista que le hizo ‘La Otra Mirada’ en 2015 con motivo del homenaje que iba a recibir unos días después, en el que se volcaron los vecinos de Zalamea, de sus aldeas y del vecino pueblo de Berrocal. «A los 23 años. Mis inquietudes eran llevar el evangelio a todos, especialmente a los jóvenes, y ayudar a la gente en todas sus necesidades», manifestó.

    Y eso es precisamente lo que hizo en Zalamea, donde por ello no pasó desapercibido desde el primer momento. No hacía las cosas como habitualmente las hacían los curas anteriores, hasta el punto de que se iba con los jóvenes al Paseo Redondo «como uno más», lo que incluso provocó cierto rechazo en algunos sectores que tenían una percepción diferente de la Iglesia.

    «Los primeros momentos fueron de mucha ilusión, como si fuera un nuevo estreno de mi sacerdocio. El pueblo en general me acogió muy bien. Con la sorpresa de algo nuevo, desde lo externo hasta mi forma de ser y de actuar. Bien es verdad que estuve muy bien arropado por el grupo de catequistas, con Ángeles Mora al frente, y muchos jóvenes con los que tuvimos muy buenas experiencias de convivencias y actividades. Como anécdota graciosa, puedo contar que algunas personas decían que yo era porreta porque me sentaba en el Paseo Redondo con la juventud como uno más», manifestó en esa entrevista.

    Han pasado 40 años de aquellos momentos y Manuel Cirilo ya no podrá sentarse con los jóvenes en el Paseo Redondo ni llamar por teléfono a las personas mayores que están solas, pero la impronta que deja en la sociedad seguro que ha provocado que muchas otras personas estén siguiendo su ejemplo y que otras lo sigan en un futuro, pues Zalamea siempre lo recordará y siempre contará a las nuevas generaciones su forma de actuar.

    El sepelio de Manuel Cirilo tendrá lugar este viernes, 21 de mayo, a las 18.00 horas, en la Parroquia Nuestra Señora del Reposo de Valverde del Camino. Tinto Noticias -el periódico de la Cuenca Minera de Riotinto- se suma a las muestras de condolencias por su fallecimiento.

    Foto: La Otra Mirada

  • Luis Cassá Marín, el nieto de Luis Marín Bermejo

    Luis Cassá Marín, el nieto de Luis Marín Bermejo

    In memoriam

    El contestador automático saltó y el mensaje de Luis Cassá quedó grabado en la cinta magnética de aquella antigualla como un trueno en mitad de la noche. La excusa fue recibir información acerca de cómo obtener el certificado de defunción de su abuelo, Luis Marín Bermejo, pero con el tiempo supe que, dando aquel paso -¿nos pasará algo, hijo?, inquirió su madre- Luis sabía que abría una puerta que le llevaría a algún lugar al que estaba dispuesto a llegar.

    Fue de las primeras llamadas registradas en la sección sobre Memoria Histórica que creé en la radio. Era el año 2003. Mi labor se limitó, en su caso, a solicitar el generoso conocimiento de Francisco Espinosa -para cuándo un reconocimiento a la altura de su aportación investigadora-, que en directo dio a Luis las pautas necesarias para conseguir aquel valioso documento. Y así fue.

    Luis había crecido en la creencia de que a su abuelo, minero de Riotinto, lo atropelló un tren, hasta que con la llegada de la Democracia los candados del miedo doméstico se entreabrieron y pudo saber algo de verdad: su abuelo había sido uno de los miembros de la Columna Minera. Tenía -había- escasa información entonces: que, a las pocas horas del Golpe de Estado de 1936, aquel grupo de hombres había salido de la provincia onubense para hacer frente a los rebeldes en Sevilla y allí, tras una emboscada perpetrada por quienes debían unirse a ellos, cayeron como moscas, más de una decena en el acto y unos setenta apresados y después fusilados.

    Algo prendía como una llama interna en la conciencia de Luis. Es una de las cualidades inherentes a la verdad o, para ser más exactos, a una verdad insuficiente: que ésta se convierte en un veneno que no logras extirpar hasta que la conoces entera, hasta que emprendes su búsqueda y logras tener en tu cabeza tener las piezas completas del rompecabezas para, al fin, ordenarlas. ¿Por qué viajó su abuelo en aquella comitiva? ¿Qué le pudo llevar a formar parte de ella? ¿Qué sucedió exactamente en Sevilla? ¿Dónde fue asesinado? ¿Y su cuerpo, dónde yacía? Todas eran preguntas sin respuestas, aplicables a cualquiera de sus integrantes, que Luis abanderó con valentía, determinación y dignidad, rompiendo tabúes y prejuicios y techos hasta entonces infranqueables.

    La vida está repleta de esas puertas de las que hablaba. Y Luis lo sabía, como he dejado escrito. Una de ellas la abrió meses después su propio hijo, Pablo. Colega de profesión, me abordó en la entrada de Canal Sur y me habló de su proyecto: rodar un documental sobre su bisabuelo y recrear en él la llamada que su padre había hecho a la radio pidiendo ayuda. Yo ignoraba aquella conexión familiar. En aquella conversación entre compañeros, una nueva puerta se abrió: Luis había encontrado las cartas de su abuelo, escritas de su puño y letra desde su presidio. Aquel legado familiar había permanecido oculto, custodiado por el único hijo varón de Luis Marín Bermejo y durante años nadie, tampoco Luis, había sabido de su existencia.

    Por aquel entonces, yo andaba buscando una historia con la que escribir mi primera novela y aquellas misivas suponían más que un buen comienzo. Telefoneé a Luis, le consulté si podría leer aquellas cartas y me dijo que sí. Sólo puso una condición: si yo pretendía utilizarlas, él debía consultar primero a la familia y obtener su refrendo. A los pocos días, guardaba en mi ordenador una carpeta con las cartas escaneadas y un documento de word con las transcripciones que el propio Luis había realizado de las mismas.

    Nada más contemplar aquel material supe que escribiría aquella historia. En él, Luis Marín Bermejo aportaba datos inéditos y desgranaba, con dolor y agónica resignación, el día a día de un reo en un barco prisión que sabe que, tarde o temprano, escribiría el último adiós a su mujer, Ángela, y a sus seis hijos. Su versión sobre los hechos, sus intentos de demostrar su inocencia a través de un pariente sevillano conectado con la Iglesia, la ruin maniobra de su “defensor” en plena contienda, las peticiones de auxilio desesperadas, su creciente pesimismo, sus reiteradas despedidas, su testamento emocional, su insistencia de hacer saber a los suyos que iba a morir injustamente, que él no había cometido delito “de ninguna clase” salvo el haber “abandonado” a su familia aquella fatídica madrugada… Todo esto, y mucho más, encerraba aquel puñado de cartas que Luis me entregó sin ambages, legándome un pedazo de su corazón y el de su abuelo, pues la misma sangre corrió en ellos.

    Me puse a trabajar y nuevas puertas se abrieron en cascada. Si existieran físicamente, la primera de ellas llevaría un rótulo inscrito con una cifra: 95/36. Es el número del expediente militar de la causa abierta contra aquellos hombres, que extraje del Archivo de la Memoria Histórica de Huelva. Durante meses, mi familia y yo estuvimos escudriñando casi setecientos folios de diligencias, fechas, datos personales, interrogatorios, careos, reconocimientos médicos, acusaciones, sentencia, órdenes de ejecución… No lo dudé e hice a Luis partícipe de toda aquella montaña de revelaciones que conformaría la columna vertebral de mi libro. Y de nuevo una puerta engarzó con otra. En aquellos meses, el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, en un gesto pionero, aprobó la primera Ley de Memoria Histórica. El conjunto de normas incluía la posibilidad de solicitar formalmente el reconocimiento de las víctimas del Franquismo y Luis se apresuró a adjuntar parte de aquella documentación en su petición, que no tardó en hacer al amparo de aquel esperanzador paraguas para las víctimas y sus descendientes. No olvidaré jamás cuando me llamó por teléfono para darme la noticia, con la voz colgando de un hilo y las frases a trompicones, espoleadas por la conmoción y la rabia: habían redimido a su abuelo de las penas por las que fue condenado a muerte y, por primera vez, un gobierno reconocía oficialmente su papel en defensa de los valores democráticos y la libertad. El documento le llegó a Luis firmado, si no recuerdo mal, por el mismísimo Ministro de Justicia, Francisco Caamaño.

    Pero había más. Luis y yo hablábamos con frecuencia. Mis visitas a Riotinto y nuestros cafés en la terraza de la cafetería Galán se multiplicaron y, una vez más, él me puso sobre la pista. ¿Era posible que buena parte de la vida personal de aquellos hombres estuviera imbricada en unos expedientes laborales? Lo era. Todos aquellos miembros de la Columna que habían trabajado para la todopoderosa Riotinto Company Limited, incluido Luis Marín Bermejo, disponían de un exhaustivo informe que cruzaba los límites de lo laboral, algo así como un espionaje empresarial aplicado hacia adentro que los ingleses llevaron hasta extremos sorprendentes en años de suma sensibilidad obrera y sindical. Si bebían, si se involucraban en actos de corte político, si se casaban, si se mofaban en carnavales de las autoridades, si militaban en algún sindicato o asociación cultural, si se trasladaban de casa, si solicitaban empréstitos, si caían enfermos, si sufrían un accidente en el tajo y qué secuelas conllevaba… Las cicatrices, los sueños, las frustraciones, las miserias… toda suerte de intimidades de aquellos empleados estaban reflejadas con perfecta caligrafía en aquellos papeles, que una vez más entregué a Luis porque eran más suyos que míos. Fue así como cruzó una puerta más, ésta vez conectada con un pasillo hacia el pasado, que jamás imaginó. Él, que había sido alcalde de Riotinto por el PSOE desde 1987 a 1991, supo por mi boca que su abuelo ostentaba la vicepresidencia de la Agrupación Socialista de Riotinto, un cargo de extrema relevancia en aquella época convulsa de lucha obrera, represión y logros históricos. Recuerdo su rostro, la candidez de su mirada, sus gestos dulces y complacidos, su serenidad constante… aunque dentro de él, yo lo sabía, una nueva tempestad se desataba para dejar luego un paisaje límpido, hermoso y fértil en el que todo terminaba cobrando sentido.

    El 4 de marzo de 2015 presenté La memoria varada. Fue en el Salón de Actos de la Facultad de Derecho de la Universidad de Huelva. Luis intervendría en la presentación y, por supuesto, él ya había leído un borrador. El acto, conducido por mi admirado Juan Cobos Wilkins, contó con la participación de mi querido Ramón Membrillo, secretario de la Fundación Baltasar Garzón, y un video del magistrado, al que tanto debemos en materia memorialista, en el que hablaba de la novela. Allí, rodeado de mi familia, de mis amigos, de mis compañeros de trabajo, de autoridades, de lectores interesados y de más familiares de las víctimas, a los que después conocí, Luis habló ante un salón abarrotado. Llevaba unos folios que extendió sobre la mesa y procedió a leerlos. Aquel discurso le granjeó la mayor y más justa ovación del acto. Fue tan emocionante oír aquel aplauso unánime que se prolongó en el tiempo… Me sentí feliz por Luis, mientras él agitaba las palmas de las manos pidiendo al público que cesara. Él era así. Todo templanza, humildad y consideración.

    La obra zarpó y las presentaciones, sin esperarlo, se sucedieron. Siempre que lo requería, Luis acudía sin dudarlo. Junto a Manoli Capado, su mujer, asistía a los actos con la misma serenidad que el primer día y aquellas hojas a las que él daba lectura mientras los asistentes asistían perplejos a su discurso y a sus reflexiones, siempre cuidadas pero rotundas. Recuerdo a Manoli, siempre sentada en las primeras filas, secándose las lágrimas por debajo de sus gafas por más que hubiera escuchado aquel discurso trenzado con inteligencia, decoroso en la forma pero apasionado en el fondo, dulce en la transmisión pero directo en el contenido. He perdido la cuenta de los lugares que visitamos juntos: San Juan del Puerto, Alájar, Rociana, Camas, Sanlúcar la Mayor… En todos ellos, quedábamos antes para tomarnos juntos un café y charlábamos plácidamente. Después, compartíamos con los organizadores aperitivos, paseos, cenas, charlas, estancias… Sin embargo, hubo un lugar en el que se involucró especialmente: Riotinto, su pueblo. Ahora sé por qué. Él mismo se ocupó de organizarlo y quiso que se celebrara en un escenario poco habitual. Habíamos pisado diferentes centros sociales y culturales, alguna biblioteca, la universidad… pero nunca el salón de plenos de un ayuntamiento. Allí, subidos en la mesa de la Alcaldía, ocupando sus mismos sillones, mi hermano Ángel Romero, Luis y yo hablamos de la Columna Minera, de las diecisiete víctimas riotinteñas y de Luis Marín Bermejo.

    Ahora entiendo decía, que aquel era el homenaje que Luis había preparado minuciosamente para su abuelo, en el seno mismo del lugar que representaba a todos los ciudadanos de un pueblo marcado por el estigma de la explotación durante siglos, el último refugio al que el propio Luis Marín Bermejo, en uno de sus últimos mensajes, apeló desesperado para que protegiera a su familia cuando a él le arrebataran la vida: “Riotinto noble y bueno, señor alcalde, mira por mis hijos…”. Ahora sé también que se trataba de una especie de deuda que Luis, en su generosidad, se propuso saldar no sólo con su abuelo sino con todos aquellos paisanos olvidados que representan la esencia más pura de un pueblo que siempre destacó por la defensa de los más humildes, un reconocimiento que, aún hoy, nadie ha vuelto a hacer en el epicentro de esta historia, en la tierra donde todo dio comienzo.

    Cada vez me resulta más difícil hablar en público de lo que supuso para mí La memoria varada. En este tiempo, he podido poner rostro a muchos descendientes de aquellos hombres honestos, dejarme traspasar por sus miradas, escuchar con atención sus confidencias, permitir que me arrastrara su pena o su satisfacción al leer un dato que desconocían… No puedo evitar emocionarme, por ejemplo, al hablar de Lida, hija de Francisco Salgado Mariano, que tanta esperanza albergó en vida por recuperar los restos de su padre.

    Ahora las ausencias se agigantan con la pérdida de Luis. Escribo sobre él desde la intimidad de mi hogar, sin nadie que me esté observando, tras el escudo protector de un teclado y una pantalla de ordenador. Si intento poner voz a mis palabras, éstas se quiebran y caen en picado, la garganta se enjaula y el intento libera un chorro de lágrimas que se amontonan, como una presa a punto de estallar, en mis ojos.

    Luis era cristiano. Quiero pensar que allá donde esté ha hallado la última puerta y se ha encontrado, nada más abrirla, con su abuelo, que lo estaría esperando con los brazos abiertos para acogerlo en su cálido regazo y desvelarle mil detalles de aquel terrible episodio que nosotros ya jamás conoceremos. Y sé que, cuando le pregunten quién es, él responderá del mismo modo con el que siempre cerraba su intervención en todas y cada una de las presentaciones en las que me acompañó: “Soy Luis Cassà Marín, nieto de Luis Marín Bermejo, integrante de la Columna Minera, al que mataron injustamente por ayudar a defender La República y al gobierno legalmente constituido”.

    Descanse en paz.

    Por Rafael Adamuz, periodista y autor de ‘La memoria varada’

  • En memoria de Carlos Rojas Casanova

    En memoria de Carlos Rojas Casanova

    En la mayoría de las veces, la sincera profundidad del sentimiento andaluz se manifiesta en canciones cuya veracidad de sus letras expresan, en tales ocasiones, el desgarro o alegría que producen en quienes las escuchamos.

    Lamentablemente hoy acudo a la evocación de una sevillana que define la “tristeza que deja en el alma el amigo que se va”. Quizás mi retentiva para la letra –como en casi todo- no tenga la exactitud requerida, pero su contenido se corresponde con el ánimo de mi propio sentir.

    Escasamente hace horas marchó de este mundo mi gran amigo de infancia y juventud, Carlos Rojas Casanova, cuyo perfil personal y social es bien conocido en Río Tinto, siendo imposible para mí añadir más elogios de los que siempre gozó.

    A la altura de mi algo avanzada edad atesoro los recuerdos de hace 70 años, disfrutados en el huerto de los Casanovas, correrías por el Zumajo, prohibidas incursiones en el inglés Bella Vista, como igualmente en la Parroquia y hasta apadrinamientos bautismales en La Naya y Las Delgadas.

    En fin, prolijo enumerar los curiosos eventos en los que, junto a otros chavales, conformó esa época de nuestras sencillas vidas.

    Desde la profundidad que anteriormente cito, te acompaña el agradecimiento por la desinteresada amistad que durante años me dispensaste, junto al imborrable recuerdo que guardaré de ti, el tiempo de permanencia que Dios me otorgue vivir. ¡Descansa en paz, AMIGO/HERMANO!

    Por Pedro Real

  • Riotinto despide a Anita Meléndez

    Riotinto despide a Anita Meléndez

    Este mediodía se le ha dado cristiana sepultura en Minas de Riotinto, habiendo fallecido en Huelva), a Anita Meléndez, inseparable compañera de su amado, recordado y popular esquilero Martín Moreno, que durante 72 años acompañó a la Esquila de la Virgen del Rosario.

    Anita, Q.E.P.D. Este año ha ‘querido’ ofrecerle a su esposo, Martín, un especial regalo de Reyes, que seguramente, en estas fechas, desde que él se fue, ha estado pidiéndolo año tras año. Ya estáis los dos juntos para disfrutar de la presencia de la Gran Señora, la Virgen del Rosario, vuestra Virgen.

    Traigo a mi memoria la frase con la que Martín cerraba una entrevista que en una ocasión le hice al matrimonio. Me decía: “he tenido en la vida tres amores: mi madre, mi mujer y mi Virgen del Rosario ”. Ahora, todos, disfrutad en la paz del Señor. Sea.

    Nuestro sentido pésame a sus tres hijas, Rosario, Ana Mari y Fernandita, a su hijo Juan José y a sus familiares y amigos. Descansa en paz amiga Anita.

    A mí y a nuestra familia (Chaparro-Álvarez) nos regalaste todo tu amor y amistad y el privilegio de tenerte como vecina en tu amado Riotinto.

    Jesús Chaparro Queija